Barrilete Era un juego otoñal. Iban juntos, grandes y chicos, por las colinas. Uno de los grandes conducía las operaciones y sostenía el cordel, aflojando cuando resultaba muy tirante, tirando y enrollando si era lento. Todos corrían detrás de ese pájaro extraño que agitaba sus cintas e independizándose les hacía frente a las corrientes de aire. Se contenía la respiración, preocupados por la evidente inestabilidad. Y la desilusión (¿o la satisfacción?) no tardaba, el barrilete moría enseguida, como golpeado por un cazador infalible. No era claro el sortilegio de ese objeto impalpable. Tal vez venía de un conocimiento sonámbulo de antiguos ritos. Barbie Cayó en las vidas de las niñas nacidas a comienzos de los años cincuenta sorprendiéndolas en el inicio de la adolescencia. Niñas que habían visto Lo que el viento se llevó o las películas de Marlene Dietrich y se debatían entre dos alternativas: seguir el modelo materno o convertirse en aventureras seductoras. Barbie era bella, rica, independiente. Poseía objetos, vestidos y al menos un hombre, Ken, su novio. Y una serie de amigos. Seguramente tenía una profesión moderna: modelo publicitaria, periodista o actriz de cine. Su guardarropa revelaba viajes, responsabilidades, veladas elegantes. Comprarle un nuevo vestido a la Barbie con la cuota semanal era ganarse un adelanto de futura autonomía, una especie de ensayo general, una idea de futuro. Barbie no era una muñeca, era una aspiración. Burbujas de jabón Su preparación requería guantes enfundados hasta el codo, sorbetes robados al bar, escamas de jabón. No siempre la operación resultaba, y de todos modos, si resultaba, venía acompañada de una pequeña y viscosa inundación, que levantaba las protestas de la madre en el baño o la cocina. En la pileta con agua jabonosa se llenaban los vasos y con ellos se iba al jardín, donde estaba permitido jugar a las burbujas. Una extremidad del sorbete de papel (la que debía sumergirse) era dividida en cuatro. Cada tanto había que mezclar el líquido en los vasos, hinchar la espuma soplando en el agua y después aspirar suavemente y al final escupir el fantástico globo transparente. Figuritas Como los libros, los álbumes están pensados para la lectura. Los epígrafes de las imágenes enseñan y relatan. Cuando falta la figurita la frustración es doble, se contempla una forma vacía, la silueta rectangular de la pieza ausente, y leer no tiene sentido. Pero también son libros que deben escribirse. Desordenadamente. Primero un capítulo o una frase que en el diseño general se situará después. Y los agujeros que quedan son pasajes irresueltos de una historia que existe en alguna parte y que hace falta entender o rellenar. La satisfacción dada por el álbum es la de la creación. No hay un álbum igual a otro mientras está incompleto. Flipper Un grupo de jóvenes de ambos sexos hacen fila en el bar alrededor de la ruidosa máquina, esperando su turno. Si el que juega es un muchacho, tiene la cara seria, a veces incluso el ceño fruncido. No está exultante, no grita. Se concentra en la pelotita, oprime con calma los botones conectados a las pequeñas paletas a resorte que impulsan a la bola. Y la bola corre arriba y abajo a lo largo del plano inclinado, enciende luces, activa sonidos, desaparece en un agujero. El muchacho introduce una moneda tras otra, sin tener en cuenta a los niños. Estira y suelta, con un golpe seco, el pistón que lanza la pequeña bocha a la pista. Tiene un cigarrillo entre los labios y entrecierra un ojo para repararlos del humo. Lego Copiar los modelos basándose en las instrucciones no era simple. Pero la verdadera habilidad consistía en crear sin modelos casas de estructura complicada, altas, con terrazas y techos, varias entradas, escaleras. Los ladrillitos rojos que se encastran uno sobre otro producen figuras infinitas e inesperadas. Se empieza y no se sabe en dónde se puede terminar, para divertirse no es necesario seguir un férreo criterio de construcción, pero la mayor o menor habilidad en combinar define un límite preciso entre quién será admirado y quién se quedará mirando con un gesto de frustración. Osito Los osos de peluche son tan íntimos que los niños conservan su olor. Entre tantos ositos que pueblan su cuarto es fácil descubrir el preferido. Basta olerlo. El olor de un oso habituado a dormir en la misma cama que su pequeño amo embriaga; es el olor de ese niño y al mismo tiempo el olor universal de la infancia. Sustancialmente se trata de un perfume dulce y agreste, de largos sueños húmedos y profundos. Ningún animal de carne y hueso ni ningún adulto humano podría tener jamás un olor similar. Solo fugazmente. View-Master Mirándolo por afuera, el View-Master era un feo objeto. Pero apenas se metía dentro el disco de cartón —donde estaban engarzadas minúsculas diapositivas— y se apoyaban los ojos en los oculares, aparecía una imagen maravillosa, el espacio se dilataba, el campo visual se llenaba de personajes de fábula o de las iglesias de Florencia o de la Torre de Pisa o de las góndolas de Venecia o del Puente de Londres o de la Torre Eiffel o del Coliseo. La exposición de Sebastián Miquel se realiza hasta el 25 de octubre en la tienda Cualquier Verdura, de San Telmo, un verdadero museo vintage. El libro Catálogo de juguetes se distribuye por estos días en librerías. |